Alegato a favor del tacón de aguja

20 Dic

Agustín Guerrero

No sé quién inventó el tacón, pero todas las mujeres le debemos mucho. Así definió Marilyn Monroe lo que sentía por los tacones de aguja. Hoy, casi un siglo después, el zapato por excelencia (el tacón de aguja, no puede ser otro) es el producto estrella de los escaparates ilicitanos y de todo el mundo.

Sin embargo, el tacón de aguja no es un mero producto comercial, sino una cultura en la que confluyen conceptos como mujer, elegancia, erotismo, sensualidad, artesanía, moda y diseño. 

El que asocie el zapato de aguja con cosificar a la mujer, tal y como afirma Antonio Román Sánchez, da la espalda a un mundo de seducción rico en matices e historias en las que el hombre está indefenso frente a un arma perteneciente únicamente a la mujer, con la cual ella es la dueña de sus convicciones, gustos y forma de ser.

En este mundo, tal es la soberanía del sexo femenino que cuando los hombres han intentado adueñarse de esta arma tan potente se han visto obligados a adoptar la personalidad de una mujer. Muchos tenemos guardado en nuestra memoria el momento en que Miguel Bosé se vistió de mujer para poder calzarse unos tacones en el film de Almodóvar Tacones Lejanos. El sexo masculino a lo largo del último siglo ha conseguido utilizar como arma de seducción las depiladoras, los perfumes, las cremas e incluso el maquillaje, pero parece que, a día de hoy, la mayor arma del universo femenino todavía se le resiste.

Otra característica que ensalza la cultura del tacón de aguja es que se trata de un mundo tan amplio que no permite imágenes estáticas ni estereotipos. Cada zapato puede llegar a definir un modo de ser diferente, un estilo, unas convicciones. La mujer puede utilizar la aguja vistiéndose con faldas, pantalones e incluso con ropa informal.

Por supuesto que también una mujer puede negarse a utilizarlo, pero deberá admitir que está renunciando a un instrumento que los hombres han convertido en objeto de culto. Y no precisamente porque muchísimos fetichistas guarden zapatos de aguja de sus amantes como trofeo. El tacón irradia sensualidad, erotismo, e incluso simbología fálica. Pero siempre se ha mantenido alejado del lenguaje obsceno y soez. ¿O es lo mismo observar detenidamente el zapato de una mujer que su escote?

Por lo tanto, rindámonos a jugar al juego de la seducción; la seducción sutil y elegante. Esa seducción que en vez de encasillar a las mujeres en un tipo de belleza estática (como aquellos ropajes de la Edad Media que impedían su movilidad y las obligaban a permanecer en sus casas) les permite ser creadoras, atractivas, elegantes, atrevidas o reservadas, tímidas o irresolutas, e incluso también vergonzosas y sensuales a la vez.

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